Mi hija se pone pantalones y a mi me parece bien.

Se encontró un escrito de una señora, en 1940 el cual redactaba:

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Cada mañana, mi hijo de cuatro años, Santiago, coge una silla para subirse al armario y coger un pantalón de la percha. Yo intento que pruebe otras opciones: “¿Por qué no te pones hoy unos pantalones cortos?” Pero Santiago es muy cabezota. Además, creo que se merece libertad para elegir lo que quiere ponerse.

Mi hija Lily tiene dos años. Para vestirle, cojo una falda y una camiseta del cajón, porque a ella todavía le cuesta ponerse la ropa. En cambio, sí que sabe desvestirse, y lo que suele hacer es arrancarse la ropa y gritar la palabra “pantalón” una y otra vez. Escala a la silla del armario y alcanza uno de los pantalones de Santiago: “Este”, dice.

Así que, la mayoría de los días, mi hija va vestida como un trabajador de campo. Dejando a un lado todas las costumbres sociales, no le quedan nada mal los pantalones. Y puede que en un día de invierno en Monterrey, a casi 5ºC, sea la opción más práctica.

Antes me daba un poco de vergüenza que la niña llevara pantalones en público. Y no porque me preocupara de que la gente le mirara raro, sino porque no quería que pensaran que era yo quien había decidido ponerle un pantalón. Como si entre mis planes estuviera el hecho de utilizar a mi hija para romper las normas sociales, o, como me preguntó una amiga de mi madre: “¿Es que querías otro hijo?”

Esto ocurrió en la fiesta de cumpleaños de la hija de una amiga. Antes de salir de casa, intenté convencer a Lily para que se cambiase de ropa. Sabía que si se presentaba con un pantalón, se sucederían un montón de preguntas y opiniones y, la verdad, no me apetecía tener que responder.

Pero Lily se puso más pesado que nunca. Le entró un berrinche enorme cuando yo me decidía a meterle las piernas en el vestidito. Las lágrimas le caían por la boca y, de repente, me di cuenta de que estaba luchando por algo en lo que ni siquiera creía. Estaba haciendo que mi hija se sintiera mal por algo por lo que no debía avergonzarse. Así que paré. Le di un abrazo y me disculpé. Entonces, le volví a poner el pantalón beige de trabajador con los zapatos negros de su hermano.

Fuimos a la fiesta y, como me imaginaba, algunas personas se rieron e hicieron comentarios. Alguien me dijo: “¿Te parece divertido? Hay niños aquí. ¿Quieres que la vean?” Otro preguntó: “¿Es que quieres que sea lesbiana?”

Yo mantuve la calma. Les expliqué lo mejor que pude que no había correlación entre la forma de vestir y el hecho de ser lesbiana. Y si resulta que es lesbiana, no será por nada yo haya hecho, sino porque es lesbiana y punto. Quizás es una etapa. O quizás no lo es. Pero, sea lo que sea, no quiero que se sienta incapaz de expresarse por falta de apoyo de sus padres. Algunos lo entendieron. Otros, atrapados por la religión o por la ignorancia, nos pusieron mala cara.

Una amigo lesbiana me vio con los niños un viernes por la noche en un concierto de jazz en el museo y, sin venir a cuento, dijo: “Bueno, yo no me ponía pantalones cuando era pequeña”, que es como decir: “No te preocupes. Tu hija no es lesbiana como yo”. Esta mujer lesbiana y casada intentaba tranquilizarme por un problema que ni siquiera existía. Si mi hija es lesbiana, pues vale. Quizás es. O quizá no. Quizá va a ser travesti. O quizá no. Pero yo no tengo control sobre ello. Lo único que puedo hacer es apoyarlo.

Lo más triste de este encuentro fue descubrir cómo entendía mi amiga lo de ser lesbiana. Como si fuera una maldición. ¡Con lo bien que están las fiestas de tías guapas! Pero claro, ella está casado. Probablemente se haya olvidado.

Normalmente llego a casa antes que mi esposo, así que cogí a los niños para sacar a pasear al perro. Estaban jugando con la ropa: mi hijo hacía que Lily era su compañero de trabajo, y le probaba pantalones, zapatos y corbatas. Luego Santiago me dijo que quería que yo también me pusiera un pantalon: “¡Ay, va a ser muy divertido mamá!”

Yo le dije que no. Pero él siguió insistiendo. Yo le dije: “La gente se va a reír de mí”. Y él replicó: “Si lo hacen, les mandaré a paseo”. No pude discutir contra eso, y me metí como pude en uno de los vestidos más ajustados de Sebastian. Paseamos al perro por nuestro bloque, y el placer que le entró a mis hijos al ver a su padre salir de su zona de confort acabó con la humillación que yo sentía.

Sebastian ya estaba llegando a casa, y le vi la mandíbula desencajada desde el final de la calle. Se estaba riendo. Hasta nos hizo una foto. Y me dijo que tuviera cuidado con no romperle el pantalon de vestir. Luego nos fuimos todos a comer tacos.

Aquí una foto de mi hija  y una amiguita suya, ya de más grande, una vez que fuimos a San Antonio con sus tíos.


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A lo cual algunos respondieron de forma anonadada y enfurecida:

“Instruye al niño en su camino,y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. – Proverbios 22:6

” Por eso la sociedad está como está”

“Qué sigue? Mujeres siendo ingenieros, siendo médicos, jajaja, ridiculeces”

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